Un año en Brasil

Tal vez como no hay motivos para celebrar nada, me equivoqué en el día de la efeméride de mi llegada a este país. Fue ayer día 31 de octubre y no hoy, cuando cumplí mi primer año. Lo que mejor recuerdo de aquel día fue cuando me requisaron en la aduana todo el embutido que me traía. Aquel suceso se convertiría con el tiempo en una inocente anécdota.

Ni tan siquiera el momento de tomar la decisión de venirnos hasta aquí, motivó la más mínima ilusión. Forzados por la incertidumbre del futuro y las aspiraciones profesionales y de familia, la opción de llegarnos hasta aquí fue, no sé si la más lógica, pero sí la más razonable. A la vista de la situación presente y de futuro ‘en casa’, la apuesta por salir fue correcta.

Mi puesto de trabajo y mi mejor ayudante, la que más me motiva.

Pero ¿y el destino? No fue una elección sino una oportunidad fácil, cómoda… natural. Era consciente de que Fortaleza no era un destino de mi preferencia pero aquí teníamos –así pensaba- la logística, los contactos… Ni en el peor de los escenarios pude imaginar que esta experiencia me supusiera tanta… (me cuesta encontrar la palabra)… desesperación, frustración… Sin lugar a duda, el peor periodo de mi vida…

  • por el desgaste mental. Cuántas noches en vela, diseñando nuevos escenarios, buscando alternativas…
  • por el desgaste físico. Mi alergia peor, enganchado a un colirio que el oculista me recomendó por mi fatiga visual, mi espalda dañada apunto de iniciar un ciclo de 10 sesiones para aprender nuevos hábitos
  • por lo que se añora de los buenos tiempos
  • por la falta de intimidad, de libertad
  • por el deterioro en la relación de pareja
  • por el entorno hostil, violento, carente de formas y normas, donde la desconfianza es la base en el ámbito profesional e social.

Sólo quien vive el día a día y viene de fuera, puede entender esta situación. Para el turista, para el expatriado (el que viene mandado por una empresa no brasileña con todo pagado…)… todo estos problemas de lo cotidiano no dejan ser una consecuencia del exotismo del lugar.

Durante este periodo viví situaciones jamás imaginables, escuchado historias surrealistas, asistido a detalles cómicos (cuando no dramáticos), a formas de actuar primitivas, cerrando los ojos para no escuchar… Soy fruto de una determinada cultura, de unos valores, de una manera de comportarme en sociedad… que aquí nada tiene que ver y de las que no puedo escapar.

 

Cultour Spain, la primera marca de mi proyecto como emprendedor en Brasil.

¿Cómo asumir esta informalidad a todos los niveles tanto de la vanguardia (los que como responsables de empresa no me atendieron) como de los curritos (mi hija en seis meses ya tuvo cinco niñeras –la última hoy argumentó que tenía catarro- porque un día deciden no venir sin avisar, o durante cinco meses pasaron tres asistentas por esta casa)? ¿Cómo aceptar la falta de educación a todos los niveles para lo cotidiano (consecuencia tal vez de un nivel intelectual tan pobre –lo que es reconocido por todos)? ¿Cómo llevar el caos y desorden de esta ciudad, propio de esta región del Nordeste de Brasil? ¿Cómo asumir que ‘amigos’ de tu mujer a los que acudiste rehúyan de ayudarte con ese teléfono, ese contacto, ese asesoramiento…? ¿Como asumir que (algunos) familiares se desentiendan o miren para otro lado cuando se trata de echar una mano –recalco, una simple mano? ¿Cómo adaptarse a una cultura donde el esfuerzo y el compromiso son desdeñados como cualidad? ¿Cómo convivir en una ciudad donde al año se producen casi 2000 homicidios (en el 2010, 1824. En Madrid, en el 2011 los homicidios fueron 48 personas)?

Como le dijo un brasileño a un conocido mío español en situación de ilegalidad en Brasil…, “Brasil no está hecho ni para nosotros los brasileños”. Y no es de extrañar que muchos brasileños de los que conozco varios casos, no quieran volver porque ya no se acostumbrarían de nuevo a este estilo de vida.

¿Es entonces extraño el pensar que uno no desee para su hija este entorno? ¿Es criticable que a pesar del cansancio y frustración, no deje de buscar entornos algo más agradables en el sur del país o fuera de él?

Desde mi llegada a Brasil, mi forma de vivir cambió radicalmente. Carezco de amigos. El deporte se reduce a una o dos veces a la semana en el gimnasio. No tengo ninguna actividad de ocio. No disfruto con la comida. Los fines de semana no existen.

 

slowTRAVELers, una segunda marca para comercializar grande viajes.

Pero además del precio que estoy pagando por esta aventura en Brasil, existe otro igualmente triste. Con mi llegada hasta aquí, el contacto con mi red social en España se ha mermado bastante e incluso desaparecido con personas con quien tenía un trato a diario. Afortunadamente, la familia sigue ahí como siempre y como algunos amigos que siguen demostrando su fidelidad de una manera que no olvidaré.

No queda otra que seguir trabajando, ser constante en el empeño, creativo en las soluciones y asumir que en esta aventura, estás sólo y que nada o muy poco (en el mejor de los casos) puedes esperar del resto.

Mi situación de disconformidad no es la de muchos españoles, extranjeros que viven por aquí, pero sí es compartida por muchos que conviven en condiciones muy, muy desfavorable… incluso en situación de ilegalidad. Los comentarios en este blog son testigos de ello. Encima soy un afortunado, porque tengo una mujer que hace más llevadera mi adaptación, vivo en una casa estupenda y todas las comodidades…

Todo cambio y este tiene componentes culturales muy importantes, requiere de tiempo, de reacomodarse en las formas, el lugar y entre el contexto. Ser además emprendedor y extranjero, en un sector que no tienes experiencia salvo tu profesionalidad y donde existe una desconfianza enorme por tantas estafas que suceden (más aún cuando nadie tiene referencias tuyas). Convertirte en padre y asumir la responsabilidad que implica cualquier decisión. Convivir en una casa que no es la tuya y donde los hábitos son diferentes. Mi apuesta por recuperar el control de mi vida y vivirla haciendo cosas que me motiven… todo esto son factores que dificultan el proceso de adaptación (que no de asimilación) en esta aventura. Por lo que veo y me dicen otros en situaciones similares, es normal que las cosas tarden un poco en darse.

No sé si es un espejismo pero quiero intuir la luz al final del túnel. Será necesario para recuperar fuerzas y asumir lo correcto de la apuesta profesional. De otra manera, seguir en este país (ya no hablo de Fortaleza de la que vamos a salir), no es posible.

 

Los pilares de la tierra.

En fin, se trata de una experiencia dura, muy jodida en la que el componente cultural, el entorno local en el que vivo, mi incapacidad para (con-)vivir con transigencia y sin agonía y mi resistencia a asumir mi presencia aquí, hacen que la misma tenga estas características.

Invito al lector a ponerse en mi lugar y reflexionar sobre lo difícil que es asimilar el no poder estar donde quieres y no querer estar donde estás. El dilema del emigrante.

Hoy día de los Santos Difuntos, no era la efeméride. Me falló el subconsciente. Porque tal vez con el inicio de esta nueva vida, quizá moría la otra. Esa otra que me permitió disfrutar a mi antojo y voluntad de esta paso por la vida que en mi caso al menos, será irrepetible.

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“So much beauty” hija!!

En ese instante comenzaba a sonar a medio volumen “So much beauty” del genial Valdi Sabev (para acompañar esta lectura puedes escucharla aquí).

Mi hija momentos antes de su padecimiento.

Mi hija se encogía de dolor en mis brazos por una vacuna necesaria. Su llanto esta vez no era el típico con el que acostumbra a expresar su disconformidad. Era un llanto que en este caso evidenciaba el sufrimiento por su incapacidad para aliviar las molestias.

Recién recostada sobre mi hombro izquierdo, empecé primero a acariciar con delicadeza su espalda desnuda después de sortear su blusa. Nos mecíamos solidarios al ritmo suave de la música mientras la luz tenue de mi mesa de trabajo reflejaba nuestra sombra en la pared cuando el anochecer se imponía.

Sentí la dificultad del respirar por la proximidad de su boca y nariz junto a mi hombro lo que le entorpecía el llanto. Sus lágrimas fluían y las sentía deslizarse por mi hombro. La escena y su desazón me empezaba a estremecer.

Mis dedos seguían agasajando su dorso extremadamente suave, tímidamente caliente y ligeramente encorvado. Nos seguíamos moviendo con dulzura y poco a poco nuestros cuerpos yacían en perfecta comunión. Su llanto empezaba a tornarse en pequeños gemidos consolados por una música relajante, el sosiego de las caricias y el balanceo.

Poco a poco sus gemidos empezaron a espaciarse en el tiempo. Mis dedos alcanzaron su cuello y con el corazón empecé a dibujarla sonrisas.

En ese soplo, sentí a mi hija como nunca antes, como si fuese una prolongación de mi (o tal vez yo de ella, no sé). El consuelo que ella acababa de encontrar se tornó en mi en una emoción que soy incapaz de compartir. Cómo explicarte hija las emociones sentidas al buscar tu sosiego y encontrarme convertido padre, tu padre.

Con la llegada del alivio de Iara, llegó poco después el final de la canción y el deslizar de mi única lágrima que se abría paso por mi flanco derecho. Mucha belleza hija, y muchísima emoción.

Iara incubando su dolor.

hasta los huevos…

Hacía tiempo que no me sucedía, tanto como el intervalo transcurrido desde que decidí desistir de hacer labor comercial en esta ciudad. Hoy, una vez más, la historia se ha repetido. El procedimiento, el mismo. Llamo por teléfono. Explico mi propósito. ‘Qué interesante’ responden. Marcamos fecha y hora para encontrarnos. Llega el día. Me armo de valor. Planifico la visita; analizo la empresa, anoto los puntos en los que incidir, preparo el material para entregar e identifico el mejor saludo para romper el hielo. Y me presento con expectativas en el lugar y hora marcada. Me recibe una atenta secretaria que me ofrece asiento y café o agua. Me siento y espero. Y espero. Sigo esperando. Me pongo nervioso (¿será que me va a suceder otra vez?). No doy crédito. Me desespero. Me marco un límite, a los 30 minutos me voy. Pregunto a los 22 minutos, por la demora. Y la secretaria me pregunta que ‘ya está llegando’. Y hasta los huevos de escuchar la misma cantinela, le digo que ya me conozco el sentido de la expresión y que me cansé de esperar. ‘El señor no quiere dejar su tarjeta de visita’. No. Me despido pero antes de irme, recapacito y dejo mi tarjeta sólo para comprobar si llamará para disculparse. Transcurridas ya más de tres horas, no hay disculpas.

Esta secuencia la he sufrido en estos 10 meses en esta ciudad mínimo una media docena de veces. Testigo tengo y lo juro por mi hija que así es.

Quiero decirlo alto y claro y dejarlo grabado en negrita para toda la vida y accesible para todos, ESTOY HASTA LOS HUEVOS DE ESTA GENTUZA, DE ESTA CIUDAD, DE ESTA PANDA DE HIJOS DE LA GRANDÍSIMA PUTA, DE ESTA CULTURA DE LA INFORMALIDAD, DE MEDIOCRES, VAGOS Y MALEANTES. Aquí estoy.

Camino hacia el Sur

Se agradece el sol que se cuela entre los ventanales de esta sala de espera del Aeropuerto de Guarulhos en Sao Paulo. Los bostezos se suceden irremediablemente por la falta de sueño y los ojos llorosos dan muestra del cansancio acumulado.

Sala de Espera en el Aeropuerto de Guarulhos, Sao Paulo.

Condiciones que no favorecen mucho, tampoco hoy, que me anime a actualizar mi blog. Quizá el sentido del deber, una mala conciencia, el tiempo de espera y la importancia de este viaje, me invitan a ello.

Tres horas y media desde Fortaleza hasta aquí, más otras dos que invertiré en llegar hasta Porto Alegre. Abrumadora la dimensión continental de Brasil. Voy camino del sur del país detrás de nuevas posibilidades, mejores relaciones profesionales y la elección de nuevo destino para mi proyecto como emprendedor y mi familia. Fortaleza hace tiempo que dejó de ser la opción para convertirse en una desagradable experiencia. Y aunque hay cosas que duelen escucharlas (también escribirlas), no quiero obviar y registrar para el futuro lo que actualmente pienso. Al fin al cabo este es mi cuaderno de bitácora.

En el sur, por mucho que me digan, no está lo que busco. Yo lo sé. Pero me conformo con esperar que sea un poco más profesional, formal, educado, limpio, organizado… Aunque se un poco más.

Tres semanas de promoción de mi proyecto empresarial por Porto Alegre, Florianópolis, Blumenau, Balneario Camboriu, Curitiba, Santos y Sao Paulo.

Amistades intergeneracionales, amistades de verdad!!

Persiguiendo la luz que ha de iluminar mi camino por este país, hace un par de semanas estuve viajando por distintas ciudades de Brasil. Fue el momento de volver a ver a entrañables amigos y de abusar de nuevo de su amistad. Son amigos que conocí durante aquel largo viaje por las tierras de esta América Latina hace ya más de seis años.
Seis años después llegué de nuevo a casa de Neide y José María en Sao Paulo y a pesar de que desde que nos conocimos nos solíamos encontrar los veranos en su casa de Gijón (este año faltaré a esa cita ya institucionalizada), fue muy emocionante el recuentro paulista. Aquella vez que nos conocimos llegué con la única credencial de ser un asturiano adoptivo. Sin mayor referencia que esta condición, me entregaron las llaves de la casa de su hija durante casi una semana. Una vez más sentí de cerca su cariño y su mejor predisposición para ayudarme en mi proceso de adaptación a este país al que José María llegó hace ya más de 50 años. Además de su cariño, Neide me agasajó con riquísimas comidas como esas lentejas con morcillas traídas de Asturias que forman parte ya de mis mejores recuerdos gastronómicos.

José María y Neide con unos sobrinos en su casa de Sao Paolo.

En Río de Janeiro me encontré felizmente con el Padre Ildefonso en la favela de Farros Filho donde vive hace ya más de 50 años. Con Ildefonso también me venía reuniendo los últimos veranos en su pueblo de Toledo. Incansable y como parte de la cotidianidad del suburbio, Ildefonso seis años después de aquella mi primera visita, sigue al pie del cañón pero con la red de guarderías que conocí cerrada por la Alcaldía de Río de manera unilateral. El dinero de los niños del futuro ahora se dedica al show de los Juegos Olímpicos.

Con Ildefonso en su casa en la favela de Barros Filho de Río de Janeiro.

En Búzios me reencontré después de seis años sin vernos con Bruno, un barcelonés instalado en este pueblo turístico de Brasil donde se afincó hace unos años con la que ahora es la madre de sus hijos. A Bruno, lo conocí cruzando ambos la frontera entre Costa Rica y Panamá en el 2005 y nos volvimos a encontrar casualmente en Salvador de Bahía en medio de una muchedumbre. En su espectacular casa me sentí aliviado con su ejemplo de vida y su generosidad.

Bruno a la izquierda con su familia en su casa de Búzios.

De un lado para otro coincidió la comunicaba con Amanda y Virginia, otras amistades cercanas fruto de aquella experiencia de viaje –ambas descendientes de asturianos. A Amanda, mi madre adoptiva argentina la conocí durante mi paso por Córdoba (Argentina). Jamás olvidaré su profundo cariño y las palabras con las que se dirigió a mi madre refiriéndose a mí. Desde aquel encuentro hace seis años y aunque la comunicación y afecto se mantiene, solo tuvimos la oportunidad de reencontrarnos hace poco más de un año en Gijón. Ahora con la distancia que nos separa –menos que la de antes- apacigua mi ímpetu y racionaliza mi proceso de adaptación en Brasil.

Amanda rodeada de parte de su familia. La foto es de hace más de seis años cuando nos conocimos.

Virginia, mi madre adoptiva chilena, también me abrió las puertas de su casa en Punta Arenas frente al Estrecho de Magallanes. Desde hace seis años no ha habido año que no nos hayamos visto en Asturias. Este año ya no será posible. Su llamada mensual para interesarse por mí y ahora por mi familia nunca falla.

Virginia agasajándome con unas casadielles en su casa de Punta Arenas. Foto tomada en el 2008, antes de embarcarme hacia la Antártida.

Excepto con Bruno, más joven que yo, con Neide, José María, Ildefonso, Amanda y Virginia me separan unas décadas. Pero independientemente de la distancia y la edad que nos separa me enorgullece mantener aún esta relación y conservar así su amistad, cariño y cercanía.
A vosotros Neide y José María, a ti Ildefonso, a ti Amanda y a ti Virginia quería rendiros este homenaje desde este mi personal ágora para agradeceros con la mayor de mis gratitudes tanto el cariño con el que me acogisteis entre los vuestros hace ya más de seis años como esta fidelidad que aún me mostráis siguiéndome, llamándome, pensándome… Creedme por favor cuando os digo que conservar esta amistad con vosotros es uno de las cosas de las más me siento orgulloso y me emocionan.
Gracias, siempre gracias.