En Brasil aún no llegó la nieve.

Apenas hace tres semanas que llegué hasta aquí y todavía me cuesta encontrarme. Los ritmos locales se mezclan con los hábitos de toda una vida. Todo confluye en un pequeño caos que me desorienta, perturba y me incomoda.

No puedo decir a qué hora amanece pero sí que a las 5:30 el sol ya empieza a calentar. Siempre me llamó la atención de mis viajes por Brasil, lo pronto que el bullicio toma las calles de este país. Bullicio, por otra parte, inevitable eludir incluso desde aquí arriba pues para favorecer la circulación de la corriente, las ventanas quedan abiertas para hacer más placentero y refrescante el sueño. Junto a la algarabía, imposible esconderse tampoco de la luz que entra por los cuatro puntos (cardinales); la ventana de la habitación, la del vestidor, la del baño y por la propia puerta. Ante este panorama, imposible amanecer sin tapones, ni antifaz (y sin ropa).

Un cuartel militar vecino, en ocasiones me despierta con una melodía desconocida para este objetor de conciencia. A lo largo del día, los gritos de la tropa, disparos y desfiles perfectamente alineados, me acompañan y sobresaltan mi devenir.

Sobre las ocho, sin despertador, suelo levantarme. Para entoncesSandra, la persona que asiste en la casa, ya tiene preparado el desayuno (a base de frutas tropicales, tostadas y leche). Inmediatamente después, me pongo a trabajar (buscarse la vida es un trabajo no remunerado). Lo primero que hago, antes de leer el correo, es conectarme al mundo ojeandoLa Nueva Españay El País. Después –dependiendo de la motivación-, estudio una media hora portugués. Trabajo desde mi propia habitación sobre esta mesa amplia, de color blanco y de la que destaca una escultura dela Virgende Covadonga que aún sigue ocupando el lugar que encontró cuando llegó. Una contradicción más de este esquivo ateo.

Sobre la una, almorzamos. Después, mi hora de relax. Aquí, en las casas del Nordeste de Brasil, es habitual que en todas las habitaciones la gente disponga de unos colgadores desde donde extender una hamaca que muchos utilizan incluso para dormir. Yo apenas tolero la hora que paso mientras veo a través de la web de RTVE repetido el Telediario de las 15:00 horas. Y así, meciéndome sobre esta hamaca de color rosa y bordada acompaño la crisis…

La tarde trabajando se pasa rápido porque a las seis ya es de noche (así es durante todo el año). Aprovecho entonces para hacer una o dos horas en el gimnasio. Después de cenar a eso de las nueve (normalmente una exquisita sopa para seguir las costumbres de aquí), me pongo de nuevo a trabajar para dar forma y sentido a mi inminente futuro profesional. En función de la pasión o la frustración del día, me voy a la cama nunca antes de las doce y media.

Y así pasan los días, sin novedad. En Brasil aún no llegó la nieve.

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2 pensamientos en “En Brasil aún no llegó la nieve.

  1. mucho ánimo con todo y suerte que hay muchas oportunidades de empleo según me cuentan…..un saludo y enhorabuena por el blog!. Jose.

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